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EL
CELULAR PRECOLOMBINO Por Luz Miriam Toro |
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“Cada
cual tiene su silbato de caracol como tiene su propia vida.
Si robas el silbato de caracol de un hombre, matas a su dueño”
. Mitología Kogui
El
hombre de todas las épocas ha sentido la necesidad perentoria de
comunicarse y no Ie bastó el lenguaje gestual, el uso de la palabra o
el silbido. Mediante la observación de la naturaleza comenzó a
utilizar sonidos de animales. Escuchó atento y reprodujo el canto de
las aves y la respuesta entre ellas; imitó el silbido que producían y
en algunos casos encarnó su anatomía. Logró así construir diversos
instrumentos sonoros. Estas
representaciones no correspondían a la simple necesidad del silbato o
el pito; traducían su admiración, simpatía o temor hacia ciertos
animales. En
muchas de las culturas precolombinas vemos frecuentemente silbatos
ornitomorfos de gran fidelidad, cuyo sonido, modulado con los dedos
colocados sobre una serie de orificios, reprodocen el sonido deseado y
veraz del animal evocado en la figura de arcilla. Los habitantes del altiplano nariñense y sus vecinos ecuatorianos, apreciaron el caracol marino, producto exótico obtenido por trueque con las comunidades costeras aledañas. Como su consecución se hacía difícil, optaron por elaborarlos ellos mismos. Así
los artefactos de esta naturaleza que se encuentran hoy, fueron
modelados en barro con una gran delicadeza, con una estructura
interna y externa exacta a la de moluscos univalvos, partiendo de un
núcleo o pilar central. Su apariencia total imita al caracol real. Las
conchas marinas o bivalvos también fueron objeto de comercio, pero no
formaron parte de sus utensilios musicales. En
muchas culturas del mundo a los caracoles se les relaciona
simbólicamente con el sexo masculino. Esta connotación fálica está
presente en los instrumentos musicales de Nariño en Colombia o de
Carchi en el Ecuador. Muchos
de ellos presentan sus extremos decorados con la forma del genital
masculino. Por otra parte las conchas se asumen como femeninas por su
posibilidad de contener, de cerrarse herméticamente y de proteger.
Sin embargo ambos son simbolismo de fecundidad propia del agua donde el
caracol tiene su origen y se desarrolla. La
variedad de caracoles es enorme, y el lenguaje plástico de su
ejecución es fiel y preciso. Tanto en la estructura interna como en la
decoración decoración externa se repite la idea espiral que evoca la
evolución y tiempo circular. Este estilo de la cerámica y de
decoración se encuentra con frecuencia en otras manifestaciones
estéticas de la región. Estos
instrumentos, además producir un sonido musical, sirvieron como medio
de comunicación por sus reconocidas características acústicas Éstos
fueron realizados de todos los tamaños: los mayores de unos 20
centímetros de largo, con una gran masa o cuerpo de resonancia ;
los menores como juguete para niño. En algunos su onda sonora
alcanza una potencia similar a la de la sirena de un barco, capaz de
recorrer grandes distancias. Debió existir un código de sonidos familiares y fáciles de
interpretar en cada comunidad. Los mensajes enviados se relacionaban con
la vida de la aldea. Se emitían anuncios de nacimientos, muertes,
reuniones extraordinarias, llamado a celebraciones o fiestas, peligro
ante fenómenos naturales o presencia de enemigos o extraños. Como
en los celulares de hoy en día, en aquellos tiempos se podía
seleccionar entre una variada gama de
estilos, diferentes según las características deseadas por cada
usuario. Los había
pesados, ligeros, con superficies tersas, suaves y lisas,
algunos cercados por espinas duras
fuertes y otros con el caparazón en
forma de cono. Se imitaba un modelo admirado; los más frecuentes
en el comercio de conchas fueron los caracoles encontrados cerca de las
costas, más vistosos por sus colores,
delicadeza de su “casa”, un manto o caparazón y con las formas más
atractivas. En arcilla estos fueron pintados, esculpidos y
ornamentados para aproximarse al modelo marino ideal. Muchas fueron
las representaciones del caracol buccino o caracol de bocina, quizá el más conocido entre
nosotros. “....
Un Homo Musicus emerge lentamente entre los antecesores del Homo
Sapiens, a medida que aparece la experiencia individual, y, en
consecuencia la conciencia (70.000 a 50.000 a. C.) (Rolan de Candé
1981).
Tomado
originalmente de la Revista Estrategia, No. 231, marzo 1 de 1996
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