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Guillermo Wiedemann

WiG12492.jpg (71891 bytes) Recuento
Critica de:
Maria Elvira Iriarte
Jorge Gaitan Duran,1
Jorge Gaitan Duran,2
Marta Traba

CRITICA 5

La exposición de Wiedemann

Por: Luis Alberto Acuña

Ya de algunos años atrás tenía yo referencias muy concretas sobre la habilidad, realmente extraordinaria, de Guillermo Wiedemann como acuarelista; nunca, sin embargo, me había sido dado contemplar una cantidad de sus pinturas al óleo suficiente para formarme un concepto cabal de su dominio en este procedimiento pictórico. Pero con su actual exposición en las Galerías de Arte S. A., ya por cierto próxima a clausurarse, la ocasión se me ha brindado inmejorable para darme cuenta de cuanto significa su dominio técnico de tal procedimiento. Buen oleísta es Weidemann, sin lugar a duda; pero, con todo, yo lo prefiero como acuarelista, técnica ésta que maneja con exquisita limpieza y singular maestría. Sus obras trabajadas por este procedimiento del cual apenas nos ofrece algunas muestras en esta exhibición- acusan en su autor un temperamento grandemente sensible al color, al acorde cromático y al efecto lumínico. Y es que, en efecto, ya se trate de acuarela, de témpera o de óleo, en el arte de Guillermo Wiedemann no hay que buscar ni la recia estructura plástica, ni la precisa determinación de contorno, ni la supeditación del color a la forma: muy al contrario, su arte está hecho de efectos útiles, de delicadas matizaciones, de ricas sugerencias; es por ello por lo que el color es la materia expresiva que casi con absoluta exclusión maneja Wiedemann. Es así como su dibujo, seguro y espiritual, no aparece a primera vista en sus cuadros; diríase que hay que buscarlo con dedicación especial; y en cuanto a la forma, ésta aparece mórbidamente modelada, tenuemente indicada, acariciada apenas. Acordes con esta unidad de forma y de color, las composiciones de este pintor germano-colombiano presentan un arreglo de elemental sencillez; nada de voluptuosos arabescos ni de complicadas estructuras; hasta ver sus dobles medias figuras femeninas o sus agrupaciones de desnudos para comprender el sentido, casi elemental en su pureza, que Wiedemann tiene del arreglo y disposición de sus conjuntos; lienzos como "Las Hermanas" (fuera de catálogo) ó "Las Adolescentes", demuestran en forma elocuente lo antedicho. Una palabra, siquiera, merece la técnica o "manera" específica que el artista en cuestión emplea en sus óleos y que, por cierto, no constituye para mí lo más apreciable de su pintura: empastes violentos, golpes de espátula, chorreados del pigmento deshecho en el aceite, tonos enteros, raras, inusitadas maneras de aplicar el color; oficio curioso que a veces recuerda ciertos efectos propios de los expresionistas.

No menos digna es en el arte de Guillermo Wiedemann su temática, si bien es cierto que la cuestión de tema y motivo es apenas un pretexto las más de las veces y que tan sólo ha de tenerse en cuenta muy a lo último, no deja de ser un tanto fastidioso el hecho de que este pintor, educado en la mejor escuela de Munich, su ciudad natal, y llegado a Colombia ya formado, no haya aún tenido ojos para ver esta rica temática colombiana, tan exótica, tan tropical y tan nuestra; muchos de sus lienzos yo aseguraría que precisamente los mejores lo mismo pudieron haber sido creados en Baviera que en Buenos Aires, sin que el medio geográfico hubiese influído para nada.

Pero, no obstante las anteriores anotaciones, es preciso reconocer que en Guillermo Wiedemann hay un pintor de formación y de temperamento digno de todo aprecio; pero, eso sí, un pintor muy europeo y muy refinado.

Tomado de El Tiempo, Ventana del Arte, 6 de julio de 1949.

 

Tomado del Libro: Acuña Pintor Colombiano

Impreso: Universidad Incca - Unidad Editorial - 1988

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Retrospectiva

No es difícil considerar a Wiedemann el más colombiano de nuestros pintores, pues su obra es un documento único del paisaje de tierra caliente, de los negros de la Costa Pacífica y de los mestizos de los puertos de las riberas de los ríos Magdalena, Cauca y Saldaña. 

Produciendo óleos y acuarelas con esta temática, podría pensarse que Wiedemann pertenece no sólo por generación , sino también por afinidad electiva al grupo de los pintores nacionalistas. Sin embargo, a diferencia de estos que causaban un nacionalismo basado en la representación de la mitología indígena, los hitos históricos o la parte pintoresca de ciertos grupos humanos, Wiedemann produjo una obra del país real sin apelar al folclorismo o a lo meramente descriptivo. Como alemán, su motivación era captar la esencia y el alma de los fenómenos que le interesaban, capturando en su obra la esencia del paisaje tropical y el alma del pueblo negro o mestizo.  Wiedemann, igualmente, se distancia de los nacionalistas en el lenguaje pictórico, pues mientras éstos se expresaban en un lenguaje desactualizado, él que había recibido una sólida formación artística y cultural en Alemania, hacía use de un lenguaje moderno, expresionista. Por último se aleja de los nacionalistas en que su obra no permaneció estática . El fue el pintor en permanente evolución: es posible distinguir distintos períodos tanto en la etapa figurativa, como en la etapa de transición o en la etapa abstracta. 

Dónde ubicar entonces a un pintor que se distancia de los de su generación? Guillermo Wiedemann forma parte de lo que Marta Traba denominó como grupo de los "Grandes" (Botero, Obregón,Grau, Ramírez y Negret) que introdujo el arte moderno en el país. Pero ese alemán nacionalizado colombiano en 1946, tuvo la tarea de introducir de manera solitaria el arte moderno entre nosotros, anticipándose a sus colegas por más de una década. 

Es por este motivo que Wiedemannn representa no solo uno de los más altos valores del arte nacional, sino que es, también, el precursor del modernismo en Colombia. Esto lo coloca al lado de otros precursores del arte moderno en América Latina como Figari en Uruguay, Tarsila do Amaral en Brasil, Pettoruti en Argentina y Amelia Peláez y Wifredo Lam en Cuba, entre otros. 

Sea esta exposición un modesto reconocimiento a tan importante artista.

María Cristina Iriarte

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La llegada al trópico produjo en Guillermo Wiedemann un evidente choque, legible desde las primeras acuarelas que anotó velozmente en el puerto de Buenaventura. En contraste con la luz rebajada y dramática de las acuarelas de 1936-38, el nuevo paisaje está definido por una luminosidad deslumbrante que aclara formas y colores hasta casi disolverlos en la atmósfera. Quizá este deslumbramiento fue tan definitivo que creó en el artista una necesidad de luz, de color, de medio selvático imposible de satisfacer en la altiplanicie de la Sabana de Bogotá. Y así aunque residenciado en la capital, Wiedemann volvió siempre al medio ambiente de su iniciación americana: el trópico. El color apenas sensible en las acuarelas de 1938, vuelve a imponerse como elemento determinante. Se instala en follajes y vestidos, como una mancha que concentra la sugestión de la luz. Aún en las escenas nocturnas, fiestas, reuniones ante la puerta abierta de un recinto, bailes o tertulias, la mancha cromática es la encargada de evocar el tema emocional sentido por el artista. 

El proceso que se evidencia en algunas de las obras fechadas entre el 45 y el 49, especialmente los óleos, es la paulatina dislocación de forma y color, la sustitución de la pincelada monocroma, corta y brillante, por zonas trabajadas en tonalidades extrañamente refinadas que contrastan con la espontaneidad del grafismo de color puro. Aquí se inicia, el menos visto retrospectivamente, la lenta evolución hacia el período abstracto. 

Aunque sus principales críticos situan el comienzo del período propiamente abstracto en la pintura de Wiedemann en 1957, el tránsito de una figuración muy esquemática a la plena abstracción es bastante lento. Acuarelas de 1957, óleos de 1958 dejan traducir una silueta - apenas un punto y un triángulo, que han reemplazado la cabeza y el torso -, o la presencia discreta de arquitecturas. Cuando estos elementos ya son significantes por su contenido figurado, entonces podemos hablar de arte abstracto y esto ocurre en 1959. 

María Elvira Iriarte. 

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Nacido en Munich en 1905 y muerto en Key Biscayne en 1969, Gulliermo Wiedemann era de la misma generación de los artista colombianos del grupo nacionalista, el cual, en el caso de los pintores, estaba encabezado por el antioqueño Pedro Nel Gómez-1899- 1984-. Desde su llegada al país en 1939,el alemán se dedicó por muchos años a pintar paisajes colombianos, especialmente de clima cálido y generalmente exornados de figuras femeninas de la raza negra. Es decir, que, si se recuerda el pensamiento de Luis Alberto Acuña, el principal teórico de los artista del nacionalismo, respecto de la importancia del factor lugar (esto es, del medio geográfico, de la circunstancia mesológica, étnica, histórica y de las demás peculiaridades ofrecidas por el medio ambiente tropical y amerindio en que actuaban) para los pintores y escultores de su generación, Wiedemann también hizo arte nacionalista a su manera. Y, sin duda alguna, con trabajos sobresalientes por su sincera admiración ante al exuberancia de las vegetaciones y ante la belleza silenciosa de las negras. 

Pero a diferencia de sus contemporáneos colombianos, Wiedemann no permaneció reiterando su credo exultante del factor lugar, sino que a partir de 1958 ingresó con plena conciencia en el campo de la pintura no figurativa. De aquel año a 1965, el artista pasó coherentemente por tres etapas distintas dentro del arte abstracto: informalismo, collages con materiales de desperdicio y composiciones cercanas a la geometría. Durante ocho años, Wiedemann practicó un arte novedoso y experimental pleno de necesidad interior. Nunca trabajó la abstracción (como otros) para estar a la moda, sino porque estaba convencido de que su producción había llegado a un punto en que la representación de las apariencias resulta  ba banal y en que la gran meta de sus cuadros era la visualización de formas henchidas de espiritualidad. 

Germán Rubiano Caballero
Tomado del folleto Wiedemann, exposición en el Centro Colombo Americano, 1996

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Nacionalismo de Wiedemann

Por Juan fernando Nerrán-luca Zordan

Al ver por primera vez los cuadernos de bocetos de Guillermo Wiedemann, y pasar una a una sus hojas, nos dimos cuenta de que estábamos repentinamente ante un mundo íntimo, insospechado y fascinante. Reposaba en nuestras manos la evidencia material de innumerables experiencias personales; el testimonio de una realidad desconocida de la cual participábamos a través de la mirada del artista.

Nos encontramos ante un compendio de imágenes casi inabordable, por ser estas un fiel registro de sus extensos viajes. Pero adicionalmente, y como si lo anterior fuera poco, teníamos a nuestra disposición parte de su correspondencia: 14 cartas enviadas a su esposa Christina durante la década de los cincuenta. Ahora no solamente veíamos en sus dibujos, los paisajes; la arquitectura, la vegetación y a los habitantes de algunas zonas del país, sino que escuchábamos su voz, sus descripciones, sus vivencias y encuentros a través de sus palabras. Pero también percibimos sus inquietudes más genuinas, sus dudas humanas y su profundo compromiso con su trabajo. Dentro de este panorama se abrieron, a través de una mirada sensible a inquieta, pero a la vez silenciosa y respetuosa, espacios de conocimiento y comunicación.

Es así como este trabajo desea referirse a Wiedemann como artista pero también, como ser humano. Esta perspectiva, que resulta del análisis y del carácter de los documentos y materiales incluidos en la investigación, no solo enriquece y complementa la mirada sobre el artista y su obra si no que despliega una serie de evidencias que invitan a realizar trabajos futuros que complementen algunos de los temas planteados.

La exposición es la primera ocasión en que se puede apreciar conjuntamente un número representativo de bocetos, fotografías, cartas y material bibliográfico del artista, expuestos al lado de un grupo de acuarelas y óleos, en su gran mayoría pertenecientes a la Colección del Museo Nacional. La selección del material busca, fundamentalmente, resaltar en primera instancia la actividad viajera de Wiedemann, señalando su estrecha vinculación con los lugares, sus habitantes y su cultura. Así mismo, busca enfatizar que gran parte de su producción artística, desde su llegada al país hasta finales de los cincuenta, se llevó a cabo en contacto directo con los di versos lugares que visitó. Esto se ve claramente reflejado en el carácter de sus bocetos y también en su extenso trabajo en acuarela. Es por ello que adicionalmente a los dibujos, la exposición está integrada mayoritariamente por acuarelas, técnica con la cual Wiedemann estaba bien familiarizado. A través de este medio, de su transparencia a inmediatez, el artista nos comparte la experiencia de lugar, estableciendo un vínculo presente y directo con la realidad.

Dentro de los viajes emprendidos por Wiedemann, se destarano solo la multiplicidad de ciudades y poblaciones que conoció que conoció sino, lo que es más significativo, el carácter de sus estadías y la íntima relación con el medio y sus habitantes. Esto se puede refrendar con una mirada atenta de los bocetos, y complementar con el testimonio de su correspondencia. Consideramos que tanto el dibujo, como la acuarela y por supuesto sus cartas, representan un testimonio personal y único que nos permite asomarnos des de una perspectiva privilegiada a su experiencia. Conscientes del valor de este material, la exposición busca reconstruir parcialmente la mirada del artista hacia el entorno, poner en escena la manera como estable ció una relación con el medio y las personas, y como este proceso determinó no solo los temas que dominaron su trabajo por espacio de dos décadas sino su pensamiento en relación con el concepto de humanismo y con la cultura en general.

Parte del objetivo de este trabajo es el de articular algunas de las obras pertenecientes a la colección del Museo Nacional con los bocetos antes mencionados, seguros de que esta relación beneficiará la comprensión global del trabajo del artista, esclareciendo su proceso artístico y su mirada sobre el país y sus gentes. Este aspecto lo consideramos esencial, ya que la actividad viajera de Wiedemann no solo muestra a un artista inmerso por completo en el contexto que lo apasiona, sino que nos exhibe a un ser humano que busca y necesita entablar vínculos significativos con la realidad. Una realidad que conscientemente ha elegido como su nuevo mundo y que solo es posible experimentar a partir del encuentro. Encuentros donde el ser, en su totalidad, se ve comprometido, como le comentará a Christina en una de sus cartas, "me alegra en verdad muchísimo que hayas disfrutado de Buenaventura y creo que estarás ocupada por mucho tiempo en dar un lugar a esto en tu vida, esta negritud, que es de verdad esencialmente humana".

Es este aspecto el que rebasa el ámbito artístico y representa, hoy por hoy, no solo una magnífica oportunidad para analizar varios de sus más profundos intereses sino que reubican su trabajo y lo vinculan de manera inequívoca con la representación de algunas zonas del territorio nacional, que difícilmente han sido documentadas y estudiadas de manera sistemática. Es por ello que la presente investigación desea abrir nuevos espacios de trabajo no referidos únicamente al arte sino también a estudiosos de otras disciplinas. Consideramos que aun que el trabajo de Wiedemann se enmarca dentro del campo artístico, sus imágenes y motivos también conforman un cuerpo de . imágenes que de manera indirecta puede resultar de interés para disciplinas como la botánica y la antropología, entre otras.

En términos cronológicos, este trabajo se ocupa de la producción artística de Wiedemann dentro del período comprendido entre 1939, momento de su llegada a Buenaventura, y los años finales de la década del cincuenta, cuando su actividad viajera disminuye ostensiblemente a la par de cambios significativos en su obra que enmarcan su trabajo dentro de la abstracción. Como testimonio de su inagotable amor por las poblaciones y sus habitantes de clima cálido, Wiedemann realiza el último viaje dentro del país del cual tengamos noticia. Visita Buenaventura en febrero de 1960, meses antes de su exposición en la Buchholz, en un momento donde su trabajo es abiertamente abstracto y los temas y motivos de su "época negra", se pensaría, son cosa del pasado.

Tomado del periódico El Tiempo, 31de diciembre de 2005