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Guillermo Wiedemann |
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Recuento Critica de: Maria Elvira Iriarte Jorge Gaitan Duran,2 Marta Traba Luis Alberto Acuña |
CRITICA 2 LA PINTURA DE WIEDEMANN por Jorge Gaitán Durán La pintura de Wiedemann es realmente singular. Flor última de cultura, matizada por muy diversas y sutiles simpatías plásticas, posee el la complejos elementos tanto estéticos como humanos. Está colocada precisamente en el más peligroso terreno del arte europeo, aquel donde la quintaesencia cultural y la finura de espíritu pueden echar a un lado la consistencia artística y el temblor íntimo. Las culturas alcanzan siempre un punto neurálgico donde momentáneamente se quedan en su altura sin tener dónde apoyarse, como árboles sin raíces y sin tierra. Siguen actuando con base en una técnica perfecta pero estereotipada y, si se quiere, algo postiza, pues carece de un hondo estímulo interior. Me parece que la cultura europea ha pasado por esta crisis en el último siglo. Sin embargo se apresuraron quienes, antes de tiempo y con ridícula irresponsabilidad, le dieron partida de defunción, como si de un día para otro pudiera morir lo que es milenario. Ya se advierten con claridad los frutos de una renovación poderosa y sabia, alimentada por un nuevo pensamiento y por un hombre transformado. Pero hay que reconocer que dicha crisis sigue teniendo vigencia al margen de la ola que la desborda, ya que en estas convulsiones se puede fijar con precisión su comienzo y su fin. Muchos artistas siguen debatiéndose vanamente sin hallar una definida conciencia creadora. Mejor dicho, siguen viviendo en un período de crisis, sin captar las verdades fecundadoras, y se ciegan ante el brillante despliegue de las luces artificiales. Creo que la pintura de Wiedemann pudo haber tenido todas estas fallas por su dirección estética y por su situación, pero algo la ha salvado y progresivamente se ha ido colmando de autenticidad y valores profundos. Su mayor mérito es sal irse a veces no se sabe cómo de un circundante territorio sofisticado y alcanzar todas las cualidades de la alta obra de arte, sin dejar de pertenecer a un mundo y a su tradición. No es aventurado afirmar que el viaje de Wiedemann a América y su compenetración verdadera con sus hombres y su paisaje, tuvo influencia decisiva en su salvación plástica. Wiedemann se encontró a sí mismo, para la pintura, en América, y de ahí que a su técnica depurada y compleja sume un vigor y una vida de características novedosas y medularmente arraigadas. El hecho de que Wiedemann sea colombiano por adopción de la nacionalidad no constituye una simple circunstancia vital, sino algo como un símbolo de su propia conciencia artística. Aun cuando, claro está, todo esto tiene como fundamento una poderosa personalidad pictórica, formada por indudables calidades técnicas, humanas y culturales. Sin esta base le hubiera sucedido a Wiedemann lo mismo que a los mediocres pintores foráneos que llegan a América, cuyo paso se reduce a un deslumbramiento ante el color y la luz del paisaje, completamente externo y sin cavar en nuestro barro de dolor, poesía y leyenda. Wiedemann, en cierta parte, la más respetable de su obra, ha captado algo de lo esencial nuestro, sin abandonar su oficio plástico de tradición europea. Para Wiedemann el color fue, en un principio, el principal elemento, la materia dominadora de su pintura. El color le servía como le sirvió al expresionismo alemán también - para expresar la vida interior y las más hondas sugerencias a través de los matices y las tonalidades. La composición en esta manera pictórica es apenas un recurso del color, mejor dicho una estructura diluida y secundaria donde el trabajo colorístico va realzando y acentuando lo fundamental de la obra. El método de unir los colores en el lienzo le confiere a esta pintura una especial fuerza emotiva y un notable valor plástico y expresivo. Pero Wiedemann en su nueva pintura está buscando la forma, sin menospreciar, desde luego, las excelencias de su sistema colorístico. Este avance hacia la forma le da a su obra más reciente una pureza poética, una limpidez complicada y hermosa. Mucho se ha hablado, en la crítica pictórica, de la nebulosidad nórdica, basada en el color, y de la claridad latina, cuyo fundamento es la forma. Esta generalización, en gran parte falsa, como todas las generalizaciones, no alcanza a convencerme completamente, pues precisamente la característica de la pintura alemana en la alta Edad Media y en el Renacimiento es su esquematismo, que se puede oponer, por ejemplo, al opulento color de los venecianos. Sin embargo, admitiendo esta nebulosidad como norma de ciertas corrientes de la moderna pintura alemana, bien puede advertirse en la pintura de Wiedemann una tendencia a establecer una síntesis entre el color y la forma, entre el desleimiento del color y la precisión de la forma. En óleos como El amanecer, Figuras, Composición, Mujeres y Niña se encuentra plenamente establecido este drama plástico, pues al lado de la antigua intensidad colorística se halla una clara intención de acuñar la forma y de darle al cuadro una integración de masas firme y unitaria. A pesar de todo, como sucede casi siempre, la intención traiciona a su ejecutante, y así se advierte que en la nueva pintura de Wiedemann la búsqueda de la forma parte no de calidades inherentes a ella sino de manchas de color dispuestas originalmente en la tela. Para mí tengo que la principal fuerza plástica de Wiedemann sigue residiendo en el color, circunstancia que de ninguna manera le resta valor a su pintura, pues el color es en este caso un elemento constructivo y poético, regulador y creador. Alrededor de él va surgiendo la armazón general de la obra y se va expresando el sentimiento humano de manera auténtica y veraz, como ocurre también en los más connotados maestros del expresionismo. La humanidad en la obra de Wiedemann va brotando a través del matiz y del tono, siempre alcanzados con notable factura, y creo que no se puede dar un caso igual de transparencia y logro en la expresión de la nostalgia, de la soledad y del deseo. Basta recordar el óleo titulado Solitario, donde surge de los bellísimos colores diluidos una intensa melancolía, aderezada de sutiles reminiscencias secretas. El violeta del pecho, orquídea de misteriosa pasión, da inmediatamente una inexpresable sensación de distancia y tristeza, algo como si lo pictórico fuera solamente un medio para indicar vivencias puramente espirituales. Pero al lado de estas resonancias interiores, existen en la obra de Wiedemann momentos de mayor objetividad y alegre luz. Hay súbitamente una euforia de poderosas irradiaciones que se manifiesta en una poderosa amplitud del color, realizada por una pincelada más fuerte y más cargada de pigmento y jugosidad. Se encuentran azules y rojos a la vez oscuros y deslumbrantes, rematados en sectores radiosos. La gama es verdaderamente rica y original en la pintura de Wiedemann y revela ella una perfecta identidad entre lo plástico y lo emotivo, calidad en cuya consecución fallan casi siempre los pintores americanos. (El Tiempo, Suplemento Literario, Bogotá, 26 de junio de 1949) Jorge Gaitán Durán
Tomado del Folleto: Biblioteca Luis Angel Arango - 1985 Retrospectiva G.W. 1937-1965 Banco de la República - Subgerencia Cultural |