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GUILLERMO WIEDEMANN

WiG12476.jpg (62988 bytes) Recuento
Critica de:
Maria Elvira Iriarte
Jorge Gaitan Duran,1
Marta Traba
Luis Alberto Acuña

CRITICA 3

LA EXPOSICIÓN DE WIEDEMANN:

DE MUNICH AL MAGDALENA

por Jorge Gaitan Duran

Un artista europeo que ha visto, mejor quizá que algunos paisajistas tropicales, la tierra de América.

Un día en Munich, capital de aquella parte meridional de Alemania que se llama Baviera, el niño Wilhem Egon Wiedemann se dio cuenta de su vocación artística. Sus admirables dotes se desarrollaron sin tropiezos en el rico ambiente de la ciudad fabulosa del Isar, de los Wittelsbach (y de la aventurera británica Lola Montez), de la Pinacoteca y los pintores Cornelius y Von Kaulbach. Allí convergían las influencias de los grandes maestros italianos, flamencos y franceses y se exhibían las obras de célebres artistas, no sólo de todas las regiones de Alemania, sino del mundo entero. Las galerías Schack y Lotzbeck, los tesoros artísticos de los nobles Wittelsbach, la gigantesca biblioteca del Estado con sus numerosos libros sobre la técnica y la historia del arte, como también los salones de música y los teatros en donde se representan obras de Shakespeare, Strindberg y Hauptmann, contribuyeron al refinamiento de un espíritu de suyo sutil. Para Wiedemann es una sola la cultura, y su mente inquieta ha contemplado, siempre con criterio penetrante, a Rabelais y a Rilke, a Lorca, Kanty Proust, las danzas del Perú y las costumbres de los barrios chinos en las ciudades norteamericanas. No dudo de que esta curiosidad ha enriquecido la sensibilidad del pintor bávaro; pero, desde luego, nada habría podido reemplazar la maravillosa oportunidad que en su mocedad tuvo de estudiar con excelentes maestros y sentir de cerca la obra de los viejos Durero y Grünewald, así como de Liebermann, Slevogt, Corinth y otros muchos que crearon o continuaron en Alemania el nuevo renacimiento de las artes al que había de asestar tremendo golpe uno de los modernos gobiernos fuertes. Mientras tanto, Wiedemann había viajado, había conocido las delicias artísticas de Francia, había saboreado a Matisse y Picasso. Y sentía bajo su pincel un creciente dominio sobre la técnica.

Pero a Colombia le tocó presenciar la florentísima época de un talento cuyos comienzos habían sido nutridos por el ejemplo de Leibl y Slevogt, y las enseñanzas de Von Habermann y Nolde. De las largas horas de estudio y meditación pasadas ante los lienzos de las galerías Tannháuser, de Munich, nació, en las orillas del Magdalena, la brillante flor tropical del arte de Wiedemann. Igual que su contemporáneo Liebl en las remotas aldehuelas de la alta Baviera, Wiedemann, en los perdidos pueblos que iba conociendo entre la selva y el gran río colombiano, sintió la apremiadora necesidad personal de interpretar en colores los diversos aspectos de una realidad que le embargaba los sentidos. Era una realidad que situaba en sugerente perspectiva no solamente el Blaue Reiter (el Jinete Azul), la Nueva Secesión y todas las versiones bávaras del expresionismo, sino también las nutridas influencias impresionistas de París. El impacto de este ambiente fue peculiarmente directo y profundo. Era como si al artista le hubiese penetrado, con la repentina fuerza de un puñal, la comprensión de lo que significa para la humanidad la vida en la frontera entre la civilización y la naturaleza selvática y excitante.

Esto, de ahí en adelante, ha de ser el tema de sus cuadros: tema bifronte que explica la periodicidad de su atención ya al paisaje, ya a la vida humana. Así es como en las épocas en que se ha dedicado a la naturaleza, su obra no ha dejado de sugerir la precaria presencia del hombre al margen de la civilización, mientras que en las estampas de gentes presentimos la circundante violencia de la selva. Pero si éste es un mundo primitivo, es también al fin un mundo humano, que tiene un interés particular por el panorama cultural que allí se nos presenta. Sin embargo, es menester aquí una aclaración: la esencial humanidad de las pinturas de Wiedemann no encubre ninguna intención sociológica ni folclórica; es apenas el impulso que le ha llevado a dirigir sus ojos de pintor, no al retrato formal, por ejemplo, no a ninguno de los diversos tipos de abstracción, sino a la vida silvestre y primitiva de las riberas del Magdalena.

Y como para el artista europeo, acostumbrado a paisajes muy diferentes, esta vida tiene la vehemencia de lo inusitado, Wiedemann ha visto, mejor quizá que algunos paisajistas tropicales, la tierra de su predilección. Los primeros cuadros son, por lo tanto, un derroche de colores: trincas de amarillo, rojo y azul; de anaranjado, verde y violeta; de azul verdoso, rojo violáceo y amarillo anaranjado; de rojo anaranjado, verde amarillento y azul violado. A través de estos colores se percibe en las acuarelas - influencia indudable de Nolde la presencia luminosa y proteica del agua, mientras que los óleos a veces sugieren la característica viveza de la acuarela. En muchos de aquellos estudios impresionistas, brillantes, desembarazados y vigorosos, de composición algunas veces abierta, los colores constituyen el principal elemento, contorneando la figura o masa céntrica con un tremor de rojos y verdes y azules violáceos.

La obra más reciente de Wiedemann revela todavía su pasión por el color, pero con un sentido más firme de estructura. La forma aparece como una conjugación de tintes, siendo las líneas mismas no tanto un expediente divisivo como un signo de unión en el esquema cromático. A veces una línea casi caligráfica rasga el lienzo a manera de firma y rúbrica, como en algunas de las abstracciones de Baumeister o Kandinsky. Otras veces, el juego de líneas acentúa, en dulce armonía o tozudo contraste, los verticales bloques de color que se elevan, suaves o intensos, en el fondo... Detalles como estos merecen ser tratados, ya no en una rápida nota, sino en un ensayo sobre los méritos de Wiedemann como colorista.

(El Espectador, Bogotá, 22 de junio de 1949)

Jorge Gaitán Durán

Tomado del Folleto: Biblioteca Luis Angel Arango - 1985

Retrospectiva G.W 1937 - 1965

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