Ver sección completa |
![]() |
|
![]() |
|
|
|
| VISITE: |
TEXTO |
TEXTO |
||||
|
"El
descubrimiento de las tierras de los guanes y de los muiscas, antiguos
habitantes de Cundinamarca, Boyacá y Santander, fue el resultado
directo del hallazgo de unas mantas finas, tejidas por estos indígenas.
Cuando en el año 1556, la expedición encabezada por Gonzalo Jiménez
de Quesada partió de Santa Marta, llevaba la intención de descubrir
las cabeceras del río Magdalena. Después de muchas penalidades,
llegaron al lugar donde hoy día está edificada Barrancabermeja y
encontraron que, con la excepción de la población de Tora, la región
era prácticamente despoblada. Los soldados querían abandonar tan
inhóspito lugar y volver a Santa Marta, pero un oportuno reconocimiento
descubrió, en el río Opón, bohíos utilizados como depósitos para
una sal de excelente calidad y mantas tejidas con finos diseños
pintados. Estos dos productos convencieron a Jiménez de Quesada de
tomar la áspera ruta montaña arriba, para explorar el altiplano de
donde provenían y para conocer a sus habitantes. Casi todos los
cronistas de la época comentan la alta calidad de las mantas elaboradas
por guanes y muiscas; los soldados de Jiménez de Quesada no tuvieron
inconveniente en vestirse con ellas y su valor era tal que conformaron
uno de los principales artículos de tributo durante la primera parte
del período colonial. Antes de la llegada de los españoles, se
comerciaban con otros grupos indígenas, no sólo por la ruta del río
Magdalena sino también con grupos de los llanos orientales. Textiles de
alta calidad, con bellos diseños, se elaboraron en muchas regiones de
lo que actualmente es el territorio colombiano. Los primeros españoles
que llegaron a Santa Marta los describieron para los grupos de la Sierra
Nevada; los que pudieron conocer a los indígenas de Cueva, en el
Darién, también quedaron impresionados por la finura de sus tejidos, y
las faldas modeladas en las figuras femeninas de cerámica de la cultura
Zenú del bajo río Sinú, atestiguan motivos decorativos muy
elaborados. De estos
textiles y de muchos otros, no queda sino la memoria; desaparecieron
junto con sus dueños. La fibra se conserva sólo en condiciones
excepcionales, como en el caso de algunas tumbas hondas y húmedas de
Nariño, de donde se han podido rescatar algunos fragmentos de telas muy
finas. Por fortuna, muiscas y guanes tenían la costumbre de momificar o
disecar algunos de sus muertos para depositarlos en cuevas secas,
envueltos en mantas. Aquí, abrigadas de los elementos y escondidas de
la codicia del hombre, muchas se han conservado durante siglos -y, a
veces, casi un milenio-permitiéndonos el privilegio de contemplarlas. Esas cuevas se
localizan generalmente en peñas escarpadas, de forma que en ocasiones
se necesitan lazos o andamios para llegar a ellas. Además,
habitualmente la entrada era cuidadosamente tapada y resulta muy
difícil de descubrir. Por si fuera poco, quien entre en estas cuevas
corre el riesgo de contraer histoplasmosis, enfermedad mortal que ataca
los pulmones y que es causada por un hongo presente en los excrementos
de los murciélagos que habitan algunos de estos lugares. Los primeros
hallazgos de cuevas mortuorias se remontan a los inicios de la colonia.
Entonces las cuevas se consideraban como "santuarios", lugares
sagrados de un sistema de creencias no católico, hecho que los asociaba
automáticamente con el "demonio", por lo cual sacerdotes y
religiosos de la época se sentían en el claro deber de destruirlas.
Sin embargo, las descripciones coloniales nos permiten apreciar el
aspecto que tuvieron originalmente algunas de estas cuevas principales.
En 1602, por ejemplo, según la reseña de Vicente Restrepo, Fray Pedro
Mártir de Cárdenas descubrió "una cueva donde los indios de
Suesca colocaban los cuerpos de los que morían. Quitada la losa que la
cerraba, se hallaron más de 150 momias sentadas en rueda y en medio, el
cacique, con sartas de cuentas en los brazos y cuello y, en la cabeza,
una toca a modo de turbante. Junto a él había muchas telas pequeñas
de algodón". La mayoría de
los textiles que hoy forman las colecciones de los museos se
descubrieron durante el presente siglo, pero casi todos en cuevas que ya
habían sido revueltas por buscadores de tesoros, por lo cual nuestra
información sobre los hallazgos es generalmente deficiente.
Afortunadamente tenemos para el territorio Guane las descripciones de
personas como Justus W. Schottelius quien visitó uno de los sitios más
grandes e importantes de la Mesa de los Santos, (la cueva de los Indios,
descubierta en 1939), y de Martín Carvajal y Mario Acevedo Díaz,
quienes en aquella época exploraron numerosas cuevas en esta
misma meseta, algunas de ellas intactas. Aunque en la cueva de los
Indios se encontraron algunas momias en posición extendida, las
descubiertas por Mario Acevedo estaban siempre en posición flexionada y
envueltas, generalmente, en dos mantas y un tejido burdo de fique como
un costal que formaba la envoltura exterior. En estas cuevas, por lo
general, las momias estaban rodeadas por su ajuar conformado,
generalmente, por varias vasijas. Los hombres estaban acompañados por
poporos con cal para usar cuando mascaban las hojas de coca y por
macanas para la cacería y, quizás, la guerra. Al parecer, los husos
para hilar se encontraban junto a las mujeres. No notaron diferencias
entre las envolturas utilizadas por los hombres y las mujeres. Los primeros
textiles y momias llegadas al Museo Casa de Bolívar eran, en su gran
mayoría, donaciones de Martín Carvajal, Gustavo Ordóñez Cornejo y,
principalmente, Mario Acevedo Díaz. Hace poco, en marzo de 1988, se
descubrieron otras dos
cuevas de gran importancia, las de El Conde y El Duende, en la vereda La
Purnia, de la Mesa de los
Santos. Gracias al buen oficio de Humberto Castellanos y de varias
personas vinculadas al Museo, una buena parte de los textiles y otros
artículos de ajuar también llegaron a formar parte de sus colecciones.
Estos nuevos hallazgos son de enorme importancia por la gama de prendas
que abarcan y por la altísima calidad de muchas de las mantas, de las
cuales se encuentra una muestra representativa en esta exposición. La edad de las
telas de Los Santos fue precisada por algunas fechas de carbono 14
reseñadas en el capítulo de Mario Acevedo Díaz. Estas fechas indican
una tradición
textilera guane, con una marcada continuidad en técnica y diseño,
durante un período de unos quinientos años, es decir, desde el siglo
XI hasta el siglo XVI después de Cristo. Hasta ahora no hemos aprendido
a distinguir las telas más recientes de las más antiguas. Tampoco se
conocen, en el momento, textiles del período anterior o
pre-guane...."
NOTA:
Este
texto corresponde a la primera parte de la presentación hecha por la
doctora Marianne Cardale de Schrimpff en el folleto EL ARTE DEL TEJIDO
EN EL PAIS DE LOS GUANE, 1996, del Museo del Oro, del Banco de la
República, que está a disposición de los interesados.
|
||||||