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Libro: Notas sin pentagrama. fragmentos autobiográficos, de Villegas editores
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Por
María Stella Fernández Ardila, gerente cultural de
Compensar Los primeros recuerdos que tengo de Martha Senn me llevan hasta 1978, cuando ella estaba en la Sala de Música de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Nos conocimos a partir de la convivencia en una
cabina de sonido de 2x2 metros y 7.000 discos de
acetato, pertenecientes a una colección de música que nos tocó
en suerte: la de Maruja Méndez -amiga de Otto de Greiff y de
Rafael Puyana-, la cual heredamos para la reapertura que Jaime Duarte French,
director de la Biblioteca, había planeado aprovechando la efemérides de
Schubert . Martha fue mi asesora. Cada semana preparaba el `menú' musical para los privilegiados que ocupaban las tardes oyendo las versiones de todas las épocas, estilos, compositores, en fin... Desplegaba su `receta de autor' con exquisito gusto y generosidad. Al tiempo, compartía su compromiso con el derecho constitucional. De modo que alternaba las dos pasiones con gran destreza: una le exigía sensibilidad, talento, disciplina y tiempo para graduarse en el conservatorio. La otra: capacidad intelectual al lado del doctor Jaime Vidal Perdomo, de quien era su asistente, conforme a sus estudios en la Universidad del Rosario. Pero, sobre todo, Martha era una joven esposa, madre de Javier y Lina, (cuando aún no había celular) y debía conjugar en todos los tiempos los roles de su matrimonio, entonces con José María del Castillo. Hasta ese capítulo todo era intenso, como un pasaje de transición en la música, por la diversidad de facetas. Pero enseguida vinieron las decisiones y quedó al descubierto el dilema de su carrera artística cuando Simca Milanov la escuchó en Nueva York, camino a Italia. La señora Milanov supo reconocerla de inmediato y escribió
una carta to concern, expresando que "sin duda estoy frente a una
de las mejores mezzosopranos del mundo en los próximos 10 años". Y
recomendaba a las entidades del país dar todo su apoyo para que ella
desarrollara su carrera. Recuerdo que Martha me leyó esa carta en la esquina de la carrera tercera con 19, camino al Colón. Yo también supe que la señora Milanov decía la verdad. Su Carmen, inolvidable, como me lo dijo el director de la Washington Performing Arts Society. Quince años después de las cinco funciones de estreno de la temporada en 1983, en el Kennedy Center, la seguía recordando. Él la había escogido y se enorgullecía de esta decisión. Martha, sencillamente, ya había escogido el canto. Entre aviones fue a concursos en París, Baltimore, Nueva York y todos se los ganó. Impactaba el hermoso timbre de su voz, su registro medio, su belleza y su señorío. Aprendió el arte de torear en las plazas de los egos humanos, tan humanos y tan complejos en el entorno de su carrera y triunfó en los más importantes escenarios de la lírica en el mundo. Ahora el alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, la invitó I a formar parte de su administración y comparte su tiempo del canto y su tiempo de la vida en un nuevo rol en el que su faceta de abogada se hace sentir: directora del Instituto Distrital de Cultura yTurismo. Tomado de la Revista Semana Edición 1224, 17 de octubre de 2005
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Tomado de la Revista Cromos No.4242,
mayo 24 de 1999
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por Emilio Sanmiguel Arango En el duro mundo de la ópera internacional, no basta con una firme voz, refinadamente educada, y una buena figura; hay que ganar concursos especializados, tener habilidades dramáticas y, además, contar con mucha suerte. Si a todo ello se suma el hecho de ser colombiana y desconocida, se llega a este mundillo con una desventaja grande. Sin embargo, Martha Senn, una de las mejores mezzosopranos colombianas del momento, se ha abierto camino en ese mundo de manera veloz y asombrosa. Esta abogada rosarista de ascendencia suiza, madre de familia, que cuando puede va al supermercado y se comporta como cualquier otra señora, es reconocida por el público operático colombiano -y por to dos los públicos- por su especial y controvertida interpretación de la "Carmen" de Bizet. El abstruso bosque de la ópera está clasificado según los teatros y sus públicos. El teatro de la Scala de Milán es el más difícil, porque tiene el público más exigente en cuanto a ópera italiana se refiere. Fue el teatro de Verdi, de Rossini y Puccini, y en la platea no se ahorran los silbidos ni los tomates cuando de abuchear a un mal cantante o a una mala puesta en escena se trata. Allí cantó Martha en 1985, haciendo el personaje de Rosina en el Barbero de Sevilla, y le fue bien: ni éxito extraordinario, ni fracaso. En Viena, capital musical del mundo, se encuentra el público verdaderamente conocedor. Allí, sin tomates ni silbidos, donde se da el veredicto definitivo sobre obras y artistas, es posible que se presente Martha en un futuro cercano. Existen otros teatros tradicionales, como La Fenice de Venecia, el Liceo de Barcelona, el City Opera de Nueva York y el Kennedy Center de Washington. En todos ellos Martha ha actuado con buen éxito durante los últimos años; en el Kennedy, según la crítica, "arrebató" con su "Carmen" En Nueva York, donde permanece durante buena parte del año, cinco expertos agentes del espectáculo manejan su carrera, que ya hace tiempo dejó de ser una simple promesa para convertirse en una estelar realidad. Detrás de su educación como cantante aparece la figura del profesor Luis Macía, además de años de conservatorio (en la Universidad Nacional), y de clases privadas de canto. Luego vinieron los difíciles años de las primeras temporadas de ópera en Bogotá, cuando debió abrirse camino entre un laberinto de intrigas que se tejieron a su alrededor. Su primera oportunidad en un papel protagónico la tuvo hace casi una década, en el Teatro Colón cuando, sin ensayos de ninguna índole, cantó la "Carmen", personaje que desde entonces no ha dejado de acompañarla, y que tiene bastante que ver con su personalidad. Años más tarde, un golpe de suerte la llevó al plano internacional: en 1982 debió viajar a Washington para abrir la temporada de ópera del Kennedy Center, por enfermedad de otra cantante. Durante ese mismo año, en el asombroso lapso de apenas dos semanas, resultó ganadora de tres concursos internacionales de canto en Nueva York, Baltimore y París. Washington y los concursos de canto fueron las circunstancias afortunadas para abrirse camino en un arte que le ha llevado al mismo teatro de la Scala de Milán y salas tan prestigiosas como el Liceo de Barcelona. Sin lugar a dudas, el más importante talento de Martha Senn es su inteligencia. Con ella ha dirigido todos y cada uno de los aspectos de su profesión. Esa inteligencia es la que le permite comprender con claridad que su estrella está apenas en ascenso y que su arte aún no ha dado lo mejor de sí misma. Martha Senn es estudiosa. Prueba de ello es el extenso repertorio de roles operáticos que le han abierto las puertas de los principales teatros de Europa y los Estados Unidos. Pero lo más interesante es que tras ese talento, tras la voz segura, la disciplina y el sentido del deber se encuentra una mujer bellísima, muy alta, con casi un metro ochenta, cabello muy negro y los ojos verdes más maravillosos del mundo lírico. Martha dedica buena parte de su vida a sus dos hijos, que como ella están radicados en Nueva York. Y aprovecha sus fugaces viajes a Colombia para, con sus amigos más cercanos, escaparse en la noche bogotana tras la rumba o el baile, una de sus pasiones. Esta cantante colombiana es la misma que con Plácido Do mingo y John Denver, hace unas semanas, dio un concierto en New Jersey, Estados Unidos, para un público superior a los 20.000 espectadores. Y es la misma que hace unos días debió abandonar sus vacaciones en la costa colombiana para atender un llamado urgente que la reclamaba: abrir el Festival de Verano de la ciudad italiana de Ravena, que tiene lugar en un escenario de tiempos del imperio romano, reemplazando a la mezzosoprano griega Agnes Baltsa en el papel de "Carmen". Tomado de la Revista Credencial, No.9, agosto de 1987
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