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Amparo Adames |
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Anexo |
Viaje al Fondo de La Tierra
Amaparo Adames Estudié
antropología en la Nacional y entré al Museo arqueológico, en la Casa
del marqués de San Jorge, a clasificar la colección de cerámica
precolombina original del Banco Popular, la más grande que hay en
Colombia. Millones de piezas compradas a guaqueros, sin soporte de
datación ni de procedencia. Durante doce años, Vidal Antonio Rozo, con
su experiencia de toda la vida andando por las zonas arqueológicas de
Colombia, me enseñó cómo era la formación de las pastas, sus
características de dureza, textura y color, las técnicas de
elaboración de los indígenas de cada zona y a diferenciar un original
de una reproducción. "Estudié
museología, curaduría , me especialicé en clasificación y en
catalogación de material arqueológico. "Vi
que en el Museo de la Civilización del Canadá todas las colecciones de
animales pleistocénicos: dinosaurios, saurios, mamuts, y de armas para
cazar estas especies monumentales de hace 40.000 años, eran
reproducciones. Los originales estaban guardados y cuidados en las
reservas del museo. En sus inmensos laboratorios tomé unos cursos, con
la idea de que la Casa del Marqués hiciera lo mismo con sus cerámicas,
pero fue imposible. "Me
fui al Valle del Cauca, a Nariño, y conocí familias enteras que
hacían la cerámica masivamente. Descubrí que unas arcillas se dejaban
trabajar más que otras. En Guatavita encontré pigmentos minerales de
todos los colores, aprendí cómo era el desgaste de las cerámicas, si
en la zona había humedad, si en las tumbas había acidez. "Tenían
una colección de herramientas con diferentes formas y tipo de piedra
según su función. Lograban
ese brillo tan maravilloso de los platos de Nariño, con pulidores de
jade y cornalina sobre la arcilla húmeda. "Estudié
cómo cocinaban la arcilla y diseñé con Jorge Pérez mi primer horno,
grande y con dos puertas para poder meter piezas crudas de gran tamaño,
como un ánfora que es un cántaro muy alto, y que dos personas pudieran
manipularlas entre el horno sin dañarlas. De gas, con fuego, para hacer
trucos con la temperatura interna
del horno, y con varias entradas de oxígeno para lograr piezas
claras, oscuras o quemadas. Abrí
la fábrica hace tres años, con mi esposo Gabriel Zamora, siete
empleadas y Darío que hace los moldes. Hacemos toda la cerámica con
arcillas naturales de la respectiva zona arqueológica, la cocinamos y
la pintamos con pigmentos minerales, como los precolombinos lo hacían. Exportamos
el noventa por ciento de lo que hacemos, entre cajas de icopor
preformado, especificando la datación, zona arqueológica, forma y uso
de la pieza, en español y en inglés. "Los
que no tienen veinticinco millones de pesos para comprar una urna
funeraria original, pueden conformarse con una reproducción
idéntica que vale setenta y seis mil. Sólo un experto, con bagaje y
conocimientos, podría diferenciarlas, y en Colombia hay muy
pocos". LAS
REPRODUCCIONES “Selecciono
piezas de colecciones privadas y pido que me las presten para
reproducirlas. "Frente
a la pieza original, cojo un bloque de barro y comienzo a copiarla de
abajo hacia arriba. Voy formando el cuerpo, después le pongo una bola
en la cabeza y la voy modelando, sigo con los brazos, y cuando ya tengo
un boceto en barro, modelo las facciones, los atuendos, adornos y todos
los detalles, hasta que quedan idénticas. Se la paso a Darío y él
hace el molde con herramientas y técnicas autóctonas. Cada molde es
un rompecabezas de tantas piezas como entrantes, salientes, curvas y
recovecos tenga la figura. "El
molde húmedo se coloca encima o a los lados del horno hasta que se
seca. Se llena de arcilla fresca, de barro, se cocina, se deja enfriar y
se sacan las piezas. "Se
ensamblan las partes, se pintan, se brillan y les hago la patina de
antigüedad, todo a mano, con un acabado de vejez diferente para cada
cerámica, con texturas, brillantes, mates, amarillas o negras, según
la zona. "Cada
molde sirve para reproducir doscientas piezas".
LOS
PRECOLOMBINOS
"Hay
muchos grupos indígenas, pero sólo se han investigado algunas zonas
arqueológicas del lado de la cordillera. "A
los precolombinos les interesaba el presente y el futuro, todo el tiempo
se prepararon para lo que seguía, para el día en que se irían.
Hacían sacrificios rituales para obtener algo. "La
guerra no era de exterminio. Era de poder, como filosófico, el que más
lograra asustar al otro era el mejor. Era el manejo de la energía del
contrincante para purificarse ritualmente. El guerrero sacrificaba a su
enemigo y bebía la sangre de la víctima o se comían su corazón, para
tomar la fuerza de él y envestirse con todo ese poder. "Poco
se sabe, porque el avasallamiento de los españoles fue bruto,
arrasaron con todo. En los cateos arqueológicos en el bajo
Magdalena salen treinta y cuarenta urnas funerarias de un entierro. La
población era inmensa. "Las
tumbas son gigantescas, salones donde iban enterrando a su gente en
distintos momentos históricos, como mausoleos. Se moría el uno, el
otro y el otro y todos iban a parar al mismo sitio. "La
cerámica tiene toda una simbología que dice mucho, pero nadie sabe
qué".
Artículo de Camándula en la Revista SEMANA, Mujer Activa,
No. 23, noviembre de 1994
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